Diez dilemas de la universidad del siglo XXI

Lunes 20 de Noviembre de 2017 | 6:51

Créditos: MA Photography [http://www.ma-photography.eu]

No le falta razón a quienes sostienen que el presente es una realidad evanescente y elusiva de la que solo podemos capturar fragmentos; que el pasado representa lo que cada quien cree que ocurrió desde su propia perspectiva; y que el futuro, con sus incógnitas y preguntas abiertas, surge frente a nuestra conciencia como un campo en el que aparecen más incertidumbres que certezas. Si esto es así, ¿tiene sentido preguntarse acerca de cuáles serán los grandes temas de debate sobre la universidad en las próximas dos o tres décadas? Si la institución universitaria se encuentra asediada por múltiples y dispares demandas, ¿cómo se está preparando para un futuro en el que nuevos desafíos se unirán a los problemas que en nuestros días no han logrado resolverse satisfactoriamente? Si el panorama de la educación superior en Europa, Asia, África, América Latina y Estados Unidos se caracteriza más bien por su heterogeneidad en términos organizativos e históricos, ¿es posible identificar las principales tendencias globales que afectarán el desenvolvimiento institucional de la educación superior en el futuro?

Se trata de asuntos complejos referidos a grandes (mega o macro) tendencias que no admiten simplificaciones y sobre las que se ha reflexionado de manera insuficiente. Por eso, solo identificaré la existencia de diez grandes temas que son materia de enconadas disputas en la actualidad y que, no tengo la menor duda, seguirán suscitando vivas controversias en las próximas décadas.

I

La universidad medieval fue originalmente concebida como una institución de enseñanza y como una guardiana del conocimiento almacenado en sus bibliotecas, museos, archivos y repositorios de todo tipo. Luego, a inicios del siglo XIX, la gran contribución del Wilhelm von Humboldt, fundador de la universidad moderna, consistió en incluir la investigación como un componente esencial en la formación - ‘Bildung’, para utilizar el concepto alemán- de los estudiantes. Como lo recuerda Philip Altbach, todas las universidades en el mundo tienen como base este modelo europeo de universidad que se inició en Italia y Francia hacia fines del siglo XII, luego se extendió a Inglaterra, España, Europa Central y que, más adelante, los imperios europeos exportaron a sus colonias en América Latina, India, África y el Sudeste Asiático. En consecuencia, todas comparten una historia y un pasado comunes.

Identificar las peculiaridades de cada universidad en el marco de esta historia compartida, ayudará a comprender con mayor profundidad las oportunidades que el futuro ofrecerá a estas singulares instituciones. Adicionalmente, será más fácil advertir las funciones culturales, económicas, sociales y políticas que las sociedades le demandarán a las universidades en ese contrato social no escrito que subyace entre ambas. Un contrato social que ha ido cambiando sus alcances con el tiempo, pero que siempre ha estado allí de manera implícita, sin haber sido materia de una objetivación suficiente. Entender el desarrollo institucional en una perspectiva de largo plazo, nos pondrá en el camino de recuperar las raíces históricas del espíritu académico que la universidad contemporánea parece haber extraviado. En ese esfuerzo de ampliación de horizontes se ha embarcado un número creciente de intelectuales, académicos, científicos y escritores que, sin caer en nostalgias pasadistas o idealizaciones estériles, defienden y promueven la posibilidad de un futuro distinto al que quiere imponer, con prescindencia de cualquier otro tipo de consideración, la lógica mercantil. Las próximas décadas verán el aumento de quienes se unen a las filas de ese movimiento que busca repensar la identidad histórica de la universidad a la luz de los nuevos desafíos contemporáneos que la interpelan. Habrá entonces que aprender a navegar entre quienes quieren convertirla en una entidad corporativa que responde a las urgencias del presente y los que sueñan con un retorno a la torre de marfil medieval.

II

El entrenamiento para un cambiante mercado de trabajo y el cultivo de la propia humanidad se mantendrán como los dos grandes ideales formativos de la universidad en una tensión nunca plenamente resuelta. ¿Será posible conciliar la instrucción vocacional dirigida hacia lo útil, práctico y productivo que busca el especialista, con una formación integral en la que convergen la formación del carácter, el razonamiento crítico, el conocimiento disciplinar, la apreciación estética y la responsabilidad ciudadana que propone la educación liberal? Se trata de un conflicto recurrente y, para algunos como el sociólogo José Joaquín Brunner, de difícil solución. Quizás la existencia misma de esa tensión sea el impulso necesario para llegar a plantear acuerdos que seguramente serán provisorios y en constante renovación. Dos posiciones se enfrentan: quienes defienden la formación de personas cultas preocupadas por un desarrollo armónico de sus diversas facultades y talentos, y aquellos otros que sostienen que el capitalismo tardío requiere de profesionales especializados en una disciplina para poder trabajar con eficiencia en las esferas públicas y privadas. Mientras que los primeros buscan el autoconocimiento y el cultivo de su humanidad, los segundos hacen del rendimiento, la productividad y la eficacia los principales ejes de su actividad.

Nos encontramos frente a un equilibrio inestable y precario, una disputa inconclusa y recurrente que se resiste a aceptar un compromiso entre los valores humanos más permanentes y los intereses del mercado más contingentes. Como si nos moviéramos de manera pendular entre ambos extremos sin encontrar un balance que satisfaga a las posiciones en pugna.  De ahí que impulsar sostenidamente la aproximación de ambas orillas sea una tarea esencial durante las próximas décadas: construir puentes y no dinamitarlos debería ser la consigna. Pues de ese acercamiento dependerá entender adecuadamente los complejos vínculos que existen entre los fines de la educación universitaria, la consolidación de la democracia, el estímulo para la creación cultural y científica y el desarrollo económico.

III

Mientras algunos consideran que el balance entre la enseñanza y la investigación se ha inclinado peligrosamente en favor de la segunda y en perjuicio de la primera, otros sostienen que ese énfasis es el motor que se necesita para potenciar la creatividad y la imaginación académicas. Como consecuencia de lo anterior, la profesión académica (docentes e investigadores) ha experimentado enormes cambios que han afectado la reputación y el prestigio de los que gozaba hasta hace algunas pocas décadas atrás. El poder que los docentes universitarios poseían durante la segunda mitad del siglo XX ha declinado de una manera que pocos habían anticipado luego de los dorados treinta años de estabilidad que siguieron a la segunda guerra mundial. La autonomía que aún pueden exhibir las universidades en materia de planes de estudio, de requerimientos para la obtención de los grados académicos y de los procesos de enseñanza y aprendizaje, parece estar amenazada por la creciente exigencia por rendir cuentas que usualmente adopta diversas formas de medir la productividad.

La acelerada disminución de los ‘nombramientos’ o del tradicional ‘tenure track’ en Estados Unidos y otros países de Europa, pone de manifiesto el cambio que ha ocurrido en el sistema de reclutamiento de profesores que ha terminado por afectar también a los investigadores. El predominio de una enorme mayoría de profesores a tiempo parcial y profesores a tiempo completo con ‘non tenure track’ dedicados exclusivamente al dictado de clases, es la evidencia más elocuente de este fenómeno de escala mundial. Desde luego, esto ha originado que el ethos docente haya declinado, diluido su compromiso, olvidado su vocación, originando que se pierda el espíritu y la motivación para acompañar los procesos de maduración personal e intelectual de los estudiantes. Y no debería olvidarse que es precisamente ese ethos docente el que define la calidad educativa de las universidades. Paradójicamente, esto ocurre en un contexto de reducción de los fondos privados y públicos para la investigación y, como consecuencia de ello, de una relativa pérdida de su legitimidad social, al mismo tiempo que se registra una mayor presión para que los docentes atiendan la mayor demanda por enseñanza de una población estudiantil que todavía no ha detenido su crecimiento. Recuperar el papel formativo de la docencia en sintonía profunda con la curiosidad que desarrolla el investigador en sus exploraciones intelectuales, será una de las tareas más complejas de las próximas décadas.

IV

El papel del Estado en la financiación de la educación superior ha sufrido una transformación compleja. Mientras que en la Alemania de von Humboldt, y en general en toda Europa durante el siglo XIX y gran parte del XX, la respuesta era inequívocamente en favor del financiamiento público, en la Inglaterra decimonónica del cardenal Newman y en los Estados Unidos desde sus orígenes hasta la actualidad, sus sistemas universitarios han obtenido los fondos para su operación y funcionamiento en lo fundamental del sector privado. En América Latina es claro el repliegue del Estado en el financiamiento de la educación superior y, como consecuencia de ello, la aparición de un sector privado con y sin fines de lucro que ha pasado a atender una proporción cada vez mayor de jóvenes que buscan obtener credenciales profesionales. Para algunos, el modelo de financiamiento público a la educación superior se ha puesto en cuestión conforme otras prioridades de las políticas gubernamentales han adquirido una mayor preminencia en las agendas políticas actuales. La universidad del futuro tendrá que encontrar nuevos acuerdos políticos para estimular su contribución al conocimiento y, al mismo tiempo, asegurar su autonomía académica de los poderes fácticos que asedian su independencia institucional. En todo caso, en el mediano plazo el financiamiento de la educación superior, salvo algunos países asiáticos y europeos, no parece promisorio en el resto del mundo.

V

La democratización en el acceso a la universidad y las consecuencias sobre la calidad de la educación superior continuarán siendo una fuente de controversia. Se trata de una ampliación sin precedentes del número de jóvenes que aspiran a seguir estudios universitarios en prácticamente todo el mundo, un proceso que comienza luego de concluida la segunda guerra mundial y que se acelera a partir de la década del 70.  Son años en los que la universidad, como los definió Martin Trow, deja de ser una institución formadora de élites para convertirse en una institución masiva, una que es percibida como un espacio para la movilidad social de un gran contingente de jóvenes que buscan la distinción simbólica que otorga tener estudios superiores en la construcción de sus proyectos personales. En el corazón de este proceso se encuentra el complejo dilema sobre el tipo de ingreso, selectivo o universal, por el que apostarán las universidades.

Es muy probable que los crecientes costos para acceder a ellas y el repliegue estatal para financiar los estudios de jóvenes hombres y mujeres -muchos de los cuales tienen ahora que endeudarse hipotecando su futuro, pues se le considera un bien que tendrá retornos privados-, se acentuarán peligrosamente en los años venideros. Este proceso puede dar origen a una suerte de privatización de facto de la educación superior. Una realidad que se ha hecho especialmente visible en Estados Unidos, con el incesante crecimiento de las pensiones de enseñanza, el surgimiento de universidades con fines de lucro y el incremento en el abandono de los estudios entre los sectores de menores ingresos y con menor tradición educativa familiar. La educación superior tenderá entonces a concentrarse entre quienes cuentan con mayores recursos económicos y no entre quienes poseen un mayor talento o curiosidad intelectual.

Una de las probables consecuencias de lo anterior es que un flujo creciente de jóvenes con mejores aptitudes se dirigirá a estudiar en Asia y Europa y ya no en las caras y excluyentes universidades norteamericanas, revirtiendo la tendencia que ha prevalecido durante varias décadas. Una ampliación de la protesta estudiantil parece dibujarse en el horizonte debido al malestar que genera la mayor estratificación social que está teniendo lugar en el acceso a los estudios universitarios. Las universidades en los continentes con un menor desarrollo relativo como África y América Latina enfrentarán mayores presiones para el acceso de más jóvenes a todo lo que representa la vida universitaria. Cuanto mayor sea la conciencia de que la educación constituye el capital cultural más importante que tendrán la juventud para establecer su papel y ubicación en la sociedad, mayor será el grado de conflictividad social que aparezca por la brecha que se percibirá entre las aspiraciones y la realidad.

Felipe Portocarrero Suárez

Profesor principal y jefe del Departamento Académico de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad del Pacífico. Es D. Phil. en Sociología por el St. Antony’s College, University of Oxford (Inglaterra), magíster en Sociología con mención en Población, y bachiller en Ciencias Sociales con mención en Sociología, por la Pontificia Universidad Católica del Perú. Tiene, además, diplomas en educación superior, liderazgo y técnicas de enseñanza en universidades.

Ha sido rector de la Universidad del Pacífico (2009-2014), director de su Centro de Investigación, jefe del Departamento Académico de Ciencias Sociales y Políticas, y presidente del Fondo Editorial de la Universidad del Pacífico. 

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