Jose C. Britto

Ocho de marzo

No es un día para celebrar.

Hoy, ocho de marzo, se conmemora el Día Internacional de la Mujer, y me resulta difícil ordenar todas las ideas que cruzan por mi mente. Y es que tomar conciencia de lo que es evidente en la realidad es, a veces, un ejercicio doloroso, pero, cuanto menos, urgente y necesario. Y, además, siento que abuso de mi malcriadez al ser hombre y atreverme a hablar de algo que no me toca sufrir en carne propia. Así que, para no pasarme del límite de la osadía, dedicaré estas líneas para hacer algo que diverge del tono en el que se toca esta problemática dentro de la aún pobre discusión que surge por estas fechas. Algo que aún no se hace lo suficiente y que quizá nunca pueda ser suficiente: pedir perdón.

Pido perdón, porque sé que cuando se publique este artículo, las reacciones que genere, los comentarios que provoque, serán diferentes a los que surgirían si fuese alguna mujer quien escribiera sobre esto. A mí, pues, no me tildarán de feminazi, ni me ametrallarán con insultos misóginos y sexistas. No me dirán que soy una histérica, ni me recomendarán que deje regañar porque más bonita me veo con una sonrisa en la cara.

Pido perdón, porque siento vergüenza de ser parte del colectivo masculino. Me da asco y me indigna ver lo que hemos logrado: que Lima sea la quinta ciudad más peligrosa para las mujeres en el mundo. Pido perdón por pertenecer a un grupo social al que le urge defender su masculinidad en público a través de la elaboración de las más creativas y, a la vez, asquerosas frases que reducen a la mujer a una posición de objeto sexual. Y, más aún, pido perdón porque es la única forma que encuentro de limpiar la vergüenza que siento por haber sido tan cobarde y haber callado cuando alguna de esas frases era pronunciada por amigos. Mi cobardía me hizo cómplice y por eso pido perdón.

Pido perdón, además, porque vivo en un país en el que, según cifras del INEI, nada se ha avanzado. El número de feminicidios entre 2016 y 2017 se mantuvo casi igual: de 107 a 99, respectivamente. Y lo mismo en cuanto a tentativas de feminicidio: de 222 a 204. Mientras que entre el 2015 y el 2016, el número de denuncias por violaciones contra menores de edad aumentó de 3753 a 3768, y se mantuvo casi igual en mayores de edad: de 1558 a 1520. Pido perdón porque, ante esta realidad, es lo más básico que puedo hacer.

Pido perdón, porque nuestra sociedad actual parece determinada a seguir perpetuando ese nefasto modelo de relaciones de poder que tanto daño ha hecho. Pido perdón porque de las 30 horas de trabajo doméstico que utiliza un hogar peruano promedio, 24 son realizadas por mujeres y sólo 6 por hombres. Y porque, como resultado de ello, una de cada cuatro mujeres posee un trabajo remunerado a tiempo parcial, mientras que sólo uno de cada diez hombres se ve obligado a trabajar parcialmente. Pido perdón porque de cada 3 profesionales que trabajan en el sector privado, sólo hay una mujer; porque de cada cuatro gerentes, sólo hay una mujer; porque de cada diez miembros de directorios, sólo hay una mujer. Pido perdón porque desde pequeñas las vamos condicionando para que entiendan que el mundo de las ingenierías sólo les pertenece a los hombres. Pido perdón porque las pruebas PISA nos delatan, y nos colocan como uno de los países en donde existe una brecha gigante entre niños y niñas en cuanto a su rendimiento en materias de números y ciencias. Pido perdón porque esta conducta vive enquistada en nuestra cultura, y no hacemos nada por cambiarla.

Pido perdón, porque la participación política de las mujeres es aún escasa: hasta ahora no logramos pasar la valla del 30%. Pido perdón porque la mujer con mayor poder político actualmente, Mercedes Aráoz, piensa que la violencia contra la mujer se origina y ocurre en hogares pobres. Y también pido perdón porque la expresidenta de la comisión de la mujer en el Congreso, Maritza García, está convencida de que hay agresores “completamente sanos”, y de que “la mujer a veces, sin razón, o sin querer queriendo da la oportunidad al varón para que se cometan ese tipo de actos [de violencia]”. Pido perdón porque nuestro congreso, en un acto de imbecilidad consagrada, se indigna hasta los tuétanos, no por la situación de violencia, sino por un hashtag.  Y no pido perdón por todos los adjetivos que se me ocurren y que residen en esas personas, sino porque son evidencia de que nos estamos ahogando.

Pido perdón, finalmente, porque hoy, ocho de marzo, nadie entenderá nada: las discotecas darán tragos gratis a las mujeres, los restaurantes y las peluquerías sacarán ofertas especiales para ellas. Hoy, pues, no es un día para regalarle una flor a otra flor. Hoy es un día para para pedir perdón. Hoy es un día para firmar un nuevo compromiso con ellas y acompañarlas en su lucha. Hoy es un día para dejarnos de tanta taradez, de tanta necesidad de reafirmar nuestra masculinidad. Hoy es un día para emprender un cambio desde los niveles más cercanos: en nuestras familias, en nuestros círculos de amigos, en nuestros trabajos, en nuestros colegios. 

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